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Ser fuerte no siempre significa estar bien: cuando la personalidad es una estrategia de supervivencia

Hay una versión de mí que durante mucho tiempo no entendí.

Podía estar llorando, con ansiedad, sintiendo que todo me superaba…

y, al mismo tiempo, mi cabeza empezaba:

“Venga, Mélany. De esta vas a aprender.”

“Seguro que todo esto sirve para algo.”

“Ya saldrás de aquí.”

Era casi cómico.

Yo llorando y mi propia mente dándome una charla motivacional.

Y durante mucho tiempo pensé que había algo incoherente en mí.

¿Cómo podía sentirme tan mal y seguir siendo tan positiva?

¿Cómo podía estar destrozada por dentro y después hablar con alguien, sonreír, hacer planes o encontrar una razón para seguir?

Hasta que un día, hablando con mi psicóloga, entendí algo que me cambió completamente la forma de mirarme:

a veces, aquello que llamamos “personalidad” también contiene estrategias que aprendimos para poder sostenernos.

Y esto me parece importantísimo.

Porque no siempre la persona que parece fuerte se siente fuerte.

No siempre quien anima a todo el mundo está bien.

No siempre quien encuentra “el lado positivo” ha procesado lo que le está pasando.

A veces simplemente ha aprendido a funcionar así.

A tirar.

A resolver.

A buscar rápidamente la salida.

A decirse que todo irá bien porque durante mucho tiempo necesitó creer que todo iría bien.

Y ojo: ser positiva no es algo malo.

A mí me ha ayudado muchísimo.

El problema aparece cuando utilizamos ese positivismo para saltarnos una parte del proceso.

Cuando en vez de:

“Esto me está doliendo y voy a intentar atravesarlo”

nos decimos:

“No pasa nada.”

Cuando sí pasa.

Cuando convertimos automáticamente cualquier experiencia dolorosa en una enseñanza porque permanecer unos minutos en el dolor nos resulta insoportable.

Cuando intentamos encontrar rápidamente “para qué ha ocurrido” antes de permitirnos reconocer:

“Esto me ha hecho daño.”

Con los años he aprendido que ambas cosas pueden convivir.

Puedo confiar en que voy a salir de una situación…

y estar hecha polvo hoy.

Puedo saber racionalmente que algo probablemente será mejor para mí…

y echarlo de menos.

Puedo sentirme profundamente agradecida con mi vida…

y tener días en los que no puedo más.

Una emoción desagradable no invalida todo el trabajo que has hecho sobre ti.

Y estar mal durante un tiempo tampoco significa que hayas vuelto a ser aquella versión de ti que creías superada.

Quizá crecer no consiste en conseguir que nada vuelva a dolerte.

Quizá consiste en poder mirar lo que te duele sin abandonarte cuando aparece.

Ahora quiero preguntarte algo.

¿Qué parte de tu personalidad podría haber nacido, en realidad, de algo que necesitaste aprender para sobrevivir a una etapa de tu vida?

La que siempre puede con todo.

La que nunca pide ayuda.

La que hace reír a los demás.

La hiperindependiente.

La que necesita tenerlo todo bajo control.

La que dice “no pasa nada” demasiado rápido.

No hace falta que tengas una respuesta perfecta.

Pero quizá merece la pena empezar a hacerse la pregunta.

Porque muchas veces, para entender cómo somos hoy, tenemos que conocer la historia de la persona que aprendió a ser así.

Mélany

Bitácora Mental Care

P. D. Si leyendo esto has pensado “soy yo”, respóndeme con una palabra: ME PASA. Quiero saber cuántas personas hemos aprendido a parecer fuertes incluso cuando necesitábamos que alguien nos sostuviera.

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